Llevo más de 2 semanas en mi puesto de trabajo. El ambiente es bueno y siento como la mayoría de mis compañeros y jefes me apoyan. Y si antes lo tenía claro, cada minuto de más que paso aquí lo tengo más y más trasparente.
Me muero de pena viendo 2 horas al día a mi hijo. Quiero pensar que él está feliz y que la única que sufre soy yo. Espero que así sea, pero no puedo evitar imaginarme a mi niño todo el día preguntándose por qué de repente su madre no está con él. Por qué llega a casa, le baña, le da la cena y le acuesta...y al día siguiente no está. Por qué no puedo jugar con él o darle la merienda.
Solo quiero que llegue la hora de salir y el fin de semana. Para que mi hijo disfrute de mi. Necesita a su madre. Paso 11 horas fuera de casa y solo 2 con él. Veo como todas las mamás de mi departamento se marchan a las 4 de la tarde. Todas menos yo.
Solo espero que la angustia acabe pronto, que el juzgado nos cite cuánto antes para arreglar esta situación. Estoy deseando que acabe el mes de agosto, que los funcionarios retomen su trabajo y salga un juicio que debía celebrarse en los 5 días posteriores a la interposición de la demanda. Llevo 3 meses y 7 días esperando. Y confío en que los derechos fundamentales de la infancia y la lógica aplastante que demuestra mi situación acabe en positivo para mi, porque además, será un final feliz también para futuras madres.
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